EDAD MODERNA
No va a ser hasta los siglos XVI y XVII cuando Hinojosa pasa a convertirse en el corazón de la Molina hidalga, en la sede de las casonas centenarias y de los escudos heráldicos de familias ilustres. No en vano a Hinojosa también se la conoce como 'El Pueblo de los escudos'. Aunque no olvidemos que Hinojosa siempre ha sido un pueblo rural permanente.
Durante estos siglos, acudieron al Señorío, numerosas familias hidalgas de la Rioja, Navarra y País Vasco, aumentando el censo de los pueblos y dejando importantes huellas arquitectónicas, además de un alto índice de denominaciones y apellidos vasco-navarros.
 
Digno de destacar de ésta época es su ganadería, ya que la calidad de la lana del Señorío de Molina era por estas fechas una de las más reconocidas y solicitadas de toda Europa, y junto con la Segoviana, la de mayor calidad en España. Al respecto, y para hacernos una idea aproximada de la importancia que tenía el ganado lanar en Hinojosa, existe constancia de que, en invierno, los pastores hinojoseños practicaban la trashumancia a tierras murcianas y más concretamente al Pueblo de Mula (a 538km.), tal y como refleja Juan González Castaño en su libro "Una villa del Reino de Murcia en la Edad Moderna (Mula, 1500-1648)". Desde el año 1613 en Mula se arrendaban pastos a ganaderos de Hinojosa (Guadalajara), tierras donde los animales pasaban un templado invierno para retornar a su lugar de origen con la llegada de la primavera, al tiempo del 'esquileo'. Así, tenemos el dato de que en 1620 Francisco de Tébar, de Hinojosa, adelanta 500 reales con el fin de asegurarse sitios cómodos para sus reses, y que la viuda de Tébar, natural de Hinojosa, tiene un ganado mesteño de 4000 cabezas pastando en Mula.
 
Destaquemos que en Hinojosa vivió durante largas temporadas, en la casa que había sido de sus abuelos, el cronista y regidor de Molina, capitán de las Milicias D. Diego Sánchez Portocarrero (Molina de Aragón 1607-Almagro 1666), uno de los que propagó la "leyenda de La Cabeza del Cid". Y sin duda, fue en Hinojosa donde escribió parte de su famosa “Historia del Señorío de Molina”, de la que llegó a escribir una segunda parte, pero desgraciadamente nunca llegó a ser impresa, y se quedó en unos manuscritos, hoy en día archivados en la Biblioteca Nacional.
"Descripción del Muy Noble y Muy Leal Señorío de Molina", por Diego Sánchez Portocarrero (impreso en 1641).
 
En Hinojosa también nació en el año 1709 José García Herreros, Vicario General de Murcia y toda una eminencia eclesiástica. Mandó construir la Ermita (aunque murió en 1792, antes de verla completamente finalizada en 1794), y que seguro que metió mano en algún otro asunto más para provecho de nuestro Pueblo.
Otros personajes ilustres de la época que nacieron en Hinojosa son Don Gregorio Fernández Moreno, colegial de Santa Cruz de Valladolid, vicario general e inquisidor de Murcia y Don Agustin Torrubiano, colegial de San Ildefonso de Alcalá y canónigo penitenciario de Sigüenza, ambos murieron a finales del Siglo XVII (168..-169..).
También hemos descubierto que en 1788, Juan Antonio García Herreros (hermano del anteriormente mencionado José), natural y originario de la Villa de Hinojosa, del partido de Molina de Aragón (Guadalajara), probó su nobleza e ingresó en la Orden de Santiago.
 
Remitiéndonos más concretamente a los posibles hechos históricos que pudieron suceder en Hinojosa en estos siglos XVI-XVIII, lo cierto es que existe poca -por no decir nula- información al respecto (parece ser que con la demolición de la 'Casa lugar' de Hinojosa, desapareció también toda la documentación existente -una pena-). Por ejemplo, desconocemos si los habitantes de Hinojosa sufrieron la guerra de sucesión monárquica (1710-1713), conflicto internacional por la sucesión al trono de España (Austrias contra Borbones) -y una guerra encubierta entre protestantes "herejes" y católicos-. Parece ser que las tropas del Archiduque Carlos de Austria (propuesto por Inglaterra y aceptado por catalanes y aragoneses) pasaron por estas tierras huyendo de las tropas borbónicas de Felipe V (que había sido proclamado Rey de España en 1701 y con el que colaboraba con entrega pasional el pueblo castellano). Así, en nuestro pueblo vecino, Tartanedo, sí que hay constancia de la guerra de sucesión: de aquella época es el relato del 'Milagro de las Formas': según cuentan, el 16 de diciembre de 1710, tras ser derrotadas en la Batalla de Brihuega-Villaviciosa, las tropas del Archiduque pasaron por Tartanedo en su retirada. Previamente, alguien guardó las Sagradas Formas en un paño para salvarlas de una profanación segura. Pero el sacramento de la eucaristía no fue respetado por "aquellos bandidos con uniforme" (los narradores de aquella época así describen despectivamente a las tropas austracistas) y robaron las Formas dejándolas abandonas, envueltas en el citado paño. Después fueron encontradas seis fórmas consagradas, impresas en el lienzo con la 'divina sangre', que el Párroco de Tartanedo, en presencia de sacerdotes de pueblos vecinos (posiblemente el cura de Hinojosa y el de Torrubia) lavó en la pila bautismal con once fuertes lejías pero la sangre no se fué. Un tiempo después, el mismísimo Rey de España, Felipe V pudo comprobarlo. En viaje real, paró en Tartanedo, oyó misa y estuvo arrodillado ante el sagrado lienzo, rezando conmovido. Hecha la conveniente información del prodigio, se guardó el paño en un cáliz de plata sobredorada enviado a Tartanedo posiblemente por el propio Rey Felipe V que tanto se interesó por el suceso (actualmente se encuentra guardado en un cofre de cuero, en la Iglesia de San Bartolomé de Tartanedo). Una vez sucedido lo anterior, el Obispado de Sigüenza envió al Vicario de Molina de Aragón a informarse de lo ocurrido y tomar testimonio, entre otros, al cura de Hinojosa y al de Torrubia, testigos del experimento. El suceso fue recogido en todas las crónicas de la época. Se interpretó lo ocurrido como una señal divina, que alentaba la victoria del católico Felipe V, sobre sus enemigos herejes. Aunque, dicho sea con todos los respetos, creemos que más bien fue una estrategia más para ganarse el apoyo de la gente a través de las creencias religiosas, en plena guerra de sucesión.
 
Finalmente, comentar que la vida en ésta época pendía de frágiles hilos, debido principalemente a épocas de hambruna, de guerras ocasionales, pero sobre todo de enfermedades, en concreto, de 'peste': epidemias entre las que destacaban las de tifus, viruela y las de cólera. Contra el hambre y la guerra se podía luchar, pero contra la ira de un Dios colérico únicamente quedaba acudir al -cuestionable- remedio de las penitencias colectivas, o votando fiestas a santos de reconocido prestigio contra las enfermedades contagiosas. En una de éstas fue San Roque, abogado contra la peste, el que parece que debió salvar a Hinojosa de la llegada de la misma (al menos ocasionalmente) y de ahí que todavía se celebren las fiestas de Hinojosa el 16 de agosto, en honor a este Santo. A él se le sacaba en procesión cuando había noticias de que la peste asolaba zonas cercanas. Y es que la irregularidad era la nota más destacada de la peste. A unas poblaciones las perdonaba y a otras no, sin que pudiera establecerse regla alguna. Además, los brotes de peste aparecían y reaparecían continuamente. Había décadas enteras en las que no había noticias de ella. Y años en los que la peste era devastadora. Y aunque se pidiera la mediación de San Roque, suponemos que nuestros antepasados tampoco descuidarían prevenciones y remedios más terrenales...
Arco románico de medio punto, puerta de entrada al ahora denominado 'Cementerio viejo', usado en ésta época para enterrar a los 'apestados'.
 
 
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